La Tía Blanquita
A primera hora del día suena el teléfono de casa. Ingrid- mi hermana- me anuncia: Ha fallecido Blanquita, Oh, no...mi adorada tía Blanquita. -A media asta se iza el corazón- y en medio de mi tristeza y carreras de labores de montaje de mis proyectos, hoy domingo, me resisto…! NO QUIERO MAS DOLOR! …no mas lagrimas…tanto he perdido en estos mis dos últimos años que creo no aguantar una perdida mas…. ¿Cuánto mas dolor resiste el corazón?


Me atropella la epifanía en su casa familiar, que a la edad de la infancia me resultaba fascinante. Tenía tantos recovecos aquella su enorme casa de mediados de siglo XX, que era posible juagar al escondite y nunca te encontraran.
La mejor hora, era aquella cuando nos llamaba a la mesa. Mis padres y todos sus cinco hijos mutábamos de caballos desbocados a zorrillos porque sólo ella, era arte puro en su cocina. Todos mis sentidos recuerdan con nostalgia el olor de su sazón, tanto, que puedo decir con certeza, que en el inconsciente mas consciente, se encuentra el colorido aroma de la casa de la tía Blanquita...Deseo que todo los olores del mundo se hicieran verso como allí...era el Lar, era el confort.
Con el tiempo, su esposo falleció, aquella casa se vendió, pero eso no importaba porque donde ella marchara su exquisito aroma le acompañaba. Las fiestas del sazón ya eran en su nueva casa, y recuerdo allí repetir la cabalgata cuando a la mesa sus platos llegaban
-Hoy la pega de arroz, es para ti, -me decía- mientras, mi cachete de adulta pellizcaba con gracia...yo reventaba de amor, más cuando una que otra vez, me recibía en la madrugada en su casa cuando alguna fiestecilla de la universidad me había precedido.
Todo esto parecerá suficiente si se trata de exaltar el amor que una tía te cobija, aun hay mas. Cursaba los últimos años de diseño Industrial y ello me permitía con cierta solvencia desarrollar trabajos para las decoraciones de mi otra tía, su hermana Gloria, a la que la opulencia y desdén de su nombre acaparó, tratando a sus empleados como moneda de cambio, incluida yo- De su Gloria, aprendí, como NUNCA debe tratarse a alguien que con sus manos ayuda a tu labor. Aún me sueño con ella, maltratando y menospreciando mi trabajo, nunca le satisfacía nada porque la soberbia dominaba su universo.
Tan diametralmente opuesta era Gloria a la tía Blanquita, hasta que un día mi dignidad rebosada dejo de asistirla, yo ni paga recibía, solo devolvía con mi trabajo el dinero que a mi madre- su hermana- le daba, solventando las necesidades que sostener 5 hijos puedan dar. Mi madre por supuesto brincó. - No puedes hacer eso, como se te ocurre dejar el trabajo de Gloria, si ella nos ayuda tanto- Ya esta hecho, respondí y vuelta atrás no hay. Vino la crisis familiar por parte de madre y de sus hermanas. Gloria, por supuesto de irresponsable para arriba me trató, pero ahí estaba mi ángel salvador... mi tía Blanquita, que como hermana mayor llamó al orden a Gloria - Usted no me va a volver a tratar mal a la niña...no para todos es tan importante el dinero como para usted -y todo acabó. Se con certeza que por muchos meses a Gloria no le habló y mi madre se tuvo que resignar a las razones que defendió la hermana mayor, mi amada Blanquita había sido mi escudo protector.
A veces, cuando le asistía aun algo de salud, me resultaba más fácil ir al hogar de la tercera edad donde se hospedaba, cerca a casa. La colocaban en su silla de ruedas... lucía tan encantadora y frágil con esa pamela en la cabeza que la devolvía a los años de su infancia y con todo en orden, nos escapábamos al parque de al lado a recibir el sol y degustar ese helado de coco o de guanábana, sus favoritos mientras conversaban las sonrisas.
Sus últimos años y en medio de Alzheimer, Blanquita, no reconocía casi a nadie ¿ a mi?, que alegría me brindaba, pues siempre con certeza me reconoció. Me saludaba haciéndome suya con mi nombre y cuando le preguntaba quien era, -pues la hija de la monita, - así llamaba a mi mi madre, su hermana menor, que dos años atrás, había partido muy joven, anticipándose por muchos años a ella. Nos saludábamos con la nariz y ella respondía acompañada de su preciosa sonrisa ya desprovista de dientes. Tan dulce…tan dulce era, ese, nuestro cómplice saludo y abrazo, nos decíamos tanto, aun cuando las palabras no decían nada... Deseo abandonarme pues no tengo el tiempo, tan siquiera, de llorarle.
Corrí a su lado a darle, mi ultimo beso, mi ultimo abrazo. Allí con ella, no me importo cuanto ya la vida le había abandonado, le bese una y otra vez, no podía dejar de contemplarle y decirle cuanto le amaba, cuanto agradecí por muchos años su complicidad, su amor. - Ve al lado de mi madre mi preciosa Blanquita- le susurre al oído, dile que la amo, que por siempre la amaré, igual que a ti.
Me consuela el hecho que ya su frágil cuerpo no sufre mas, y que si es posible que dos almas se encuentren en el más allá serán las de mi madre y la de mi tía Blanquita, en la presencia del Señor. !Que Alegría... y que dolor!
Diciembre 4 del 2005
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